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Sedición en América

Sedición en América

Soy de los que piensa que la sedición instigada por Donald Trump debe tener consecuencias políticas y penales

“Esto, en nuestro país, no puede pasar”.

Federico Jiménez Losantos apunta que todos los países que han caído en manos de los comunistas han pasado por esta fase de terrible inocencia. En realidad, la frase en inglés “it can’t happen here” data de 1929 y va referida a los totalitarismos de la época.

Pero sí, es así, los cubanos pensaron que su país, el más próspero, entonces, del Caribe y de toda América Central, no podía acabar en una dictadura como la soviética del mismo modo que los venezolanos creían imposible que su país, con una clase media muy superior a la de cualquier otro país de América Latina, pudiera acabar sometido a una dictadura como la cubana.

Y sí, en cualquier país puede pasar. Quienes admiran el totalitarismo y el crimen en el extranjero, si pueden, lo pondrán en práctica allí donde se cometa el error de dejarles tomar el poder.

Ahora sabemos que esta constante sociológica que estudia Losantos respecto del comunismo sirve, también, para la extrema derecha, tal como temía Sinclair Lewis.

En Estados Unidos también puede pasar.

A Donald Trump le falló el plan A (ganar las elecciones), le ha fallado el plan B (que los jueces republicanos anulen votos de Joe Biden para seguir él en la Casa Blanca, con más de cincuenta demandas unánimemente rechazadas por jueces de todas las tendencias, incluso por el Supremo, con mayoría republicana 6 a 3) y este 6 de enero ha empezado el plan C, llámese sedición, llámese rebelión: Que las masas impidan la elección del candidato que ha ganado las elecciones.

Eso me enlaza con la segunda idea que me viene a la cabeza, que es de un gran intelectual francés ya fallecido, Jean François Revel. En su obra “Cómo terminan las democracias”, que leí allá por 1983, cuando la caída del muro de Berlín parecía imposible, Revel hacía una encendida defensa del mundo libre frente al comunismo y comentaba la situación de Finlandia, país neutral fronterizo con Rusia.

Entonces aquella neutralidad se llamaba “finlandización” y era el modelo que propugnaban los soviéticos para los países europeos libres (no para sus satélites, obviamente).

Revel cuenta cómo los rusos intentaron hacerse con el poder en Finlandia, cómo la resistencia absoluta de los fineses provocó el fracaso de los comunistas y cómo el desenlace de la partida se saldó con la “finlandización” del país. Todavía me acuerdo de las palabras de Revel: Finlandia fue finlandizada porque luchó y resistió con todas sus fuerzas a la toma del poder por los comunistas. Si hubieran dicho “dejémonos finlandizar” hubieran sido directamente sovietizados.

Hoy la democracia en Estados Unidos pende de un hilo. Hay un presidente que se niega a reconocer su derrota electoral, que hace y hará tanto como se le permita para tratar de seguir en el poder

Hoy la democracia en Estados Unidos pende de un hilo. Hay un presidente que se niega a reconocer su derrota electoral, que hace y hará tanto como se le permita para tratar de seguir en el poder. Incluso arengar a las masas para que tomen el Capitolio paralizando la sesión parlamentaria que oficializaba el nombramiento de Joe Biden como nuevo presidente de los Estados Unidos.

Soy de los que piensa que la sedición instigada por Donald Trump debe tener consecuencias políticas y penales. La debilidad en la defensa de la libertad, la democracia y las instituciones se acaba pagando. Ojalá Alemania e Italia hubieran dado una respuesta firme a los intentos fallidos de golpe de estado de Hitler (1923) y Mussolini (1922).

Impeachment, procesamiento por sedición (rebelión, alta traición, como se llame allí el delito) y desnazificación del Partido Republicano (ayer los líderes del GOP, desde Bush a Romney pasando por el líder en el Senado McConnell corrieron a desmarcarse de Trump pero los primeros sondeos apuntan a que un 45% de los votantes de Trump apoya la toma del Congreso).

Una tercera idea me viene a la cabeza: estamos ante una modalidad de golpe de estado tipo “procés”, con los políticos que ocupan el poder llamando a que el golpe contra la ley, que ellos organizan, lo ejecuten las masas en nombre de la “legitimidad”.

Una masa insuficiente (un 47% de catalanes es un número insuficiente para cambiar la Constitución española; un 47% de estadounidenses ha sido un número insuficiente para mantener a Donald Trump en el poder), manipulada (Espanya ens roba; los demócratas me han robado las elecciones), movilizada para que intente doblegar de hecho al estado de derecho.

El 6 de enero americano me recuerda al 20 de septiembre catalán. El solitario tuit de Donald Trump apelando a que los asaltantes del Capitolio se comporten “pacíficamente” parece copiado de otros tantos de Puigdemont y Junqueras en el mismo sentido, tuits luego blandidos por sus defensas en el juicio presidido por Marchena.

Es terrible que en sociedades supuestamente avanzadas, democráticas y civilizadas no sea obvio, sino terriblemente discutido, que la ley debe cumplirse, que las reglas de juego democráticamente establecidas deben respetarse, que su modificación ha de realizarse por cauces legales y que, en caso de discrepancia en su aplicación, la última palabra la ha de tener un poder judicial independiente.

Es brutal la apelación a “legitimidades” que son creídas con fe casi religiosa por masas dispuestas a desconectar de la ley para imponerse.

A eso hoy se le llama populismo.

Ojalá el golpe de estado en Estados Unidos fracase definitivamente y sirva de vacuna para que los ciudadanos de todo el mundo no cometamos el error de dar el poder a quienes, si lo toman, harán todo lo que puedan por someter la Ley a su dictado.

Llámense extrema derecha, extrema izquierda o extrema periferia.

Carlos M. Florit Canals
www.florit-abogados.com

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