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Rubalcaba

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Fue el propio Alfredo Pérez Rubalcaba quien dijo que en España se entierra bien a los muertos. Él se refería a la muerte política, pero la frase aplica, por supuesto, a la muerte final. Rubalcaba está siendo despedido con los mayores reconocimientos y honores no solo de los suyos sino de los que, en vida, le acusaron incluso de auténticas atrocidades.

Cuando miramos a los demás podemos ver la botella medio llena o medio vacía. En realidad, no solo se trata de cómo nos vemos, sino de cómo somos. Todos somos botellas medio llenas y medio vacías. Todos tenemos virtudes y defectos. Todos tenemos, a la vez, de qué arrepentirnos, de qué enorgullecernos, de qué avergonzarnos o mostrarnos satisfechos.

Tampoco es extraño, pues, que llegado el momento de la despedida póstuma, prefiramos ver en el que se va todo lo que tuvo de bueno y perdonar, encubrir y olvidar lo que tuvo de malo.

Suele decirse que siempre se van los mejores pero la verdad es que preferimos ver lo mejor de los que se van porque ya no volveremos a tener la ocasión de estar con ellos durante el resto de nuestras vidas. Así pues, más allá de un cierto postureo, que también, hablar bien de los que nos dejan es un acto de generosidad que merece más comprensión y complicidad que crítica.

Pero a veces este proceso chirría. Llama la atención que quienes consideraban a Alfredo Pérez Rubalcaba un traidor, un faisán, el autor intelectual de aquella política que ofendía a los vivos y a los muertos, hoy le aclamen como un hombre de Estado, íntegro, hacedor de la paz y modelo de diálogo.

Llama la atención que quienes consideraban a Alfredo Pérez Rubalcaba un traidor, un faisán, el autor intelectual de aquella política que ofendía a los vivos y a los muertos, hoy le aclamen como un hombre de Estado, íntegro, hacedor de la paz y modelo de diálogo

Llama la atención y produce un cierto escalofrío que quienes le acusaron de colaboración con banda armada hoy le reconozcan como el arquitecto de un auténtico proceso de paz.

Creo recordar que algunos incluso insinuaron que Rubalcaba era como mínimo cómplice, si no organizador, de unas cloacas del Estado presuntamente autoras del más brutal atentado de nuestra historia, el 11-M. Hoy esos mismos le despiden no solo como a un auténtico estadista sino como a un verdadero referente moral.

Si la mitad de lo que se dijo de Rubalcaba en vida fuera cierto, Alfredo debería haber descendido directo a los infiernos y, a la vez, si la mitad fuera falso, serían sus calumniadores los que deberían acabar en el abismo eterno.

Y sin embargo, ahí está la hemeroteca y aquí el reconocimiento póstumo.

He de descontar que una parte del homenaje es exageración movida por la emoción y no lo critico. Pero no puedo concebir hipocresías infinitas así que he de deducir que, en su momento, me intentaron engañar tratando de venderme como traición o crimen lo que no era más que discrepancia.

Mañana, a diestra y siniestra volverán las más crueles acusaciones de unos contra otros, se usarán las palabras más duras, las descalificaciones más denigrantes, se nos advertirá contra malvados enemigos sin escrúpulos… y los afectados, cuando fallezcan, pasarán a ser honorables servidores de la patria objeto de reconocimiento, a lo sumo con la coletilla ésa de “a pesar de nuestras diferencias políticas”.

¿No sería posible discrepar sin calumniar, proponer sin criminalizar, disentir sin exagerar? ¿No podrían presentarnos sus programas como humildes opiniones puestas a nuestro servicio en vez de como pruebas evidentes de la superioridad moral propia y de la indignidad del contrario?

¿No sería posible discrepar sin calumniar, proponer sin criminalizar, disentir sin exagerar? ¿No podrían presentarnos sus programas como humildes opiniones puestas a nuestro servicio en vez de como pruebas evidentes de la superioridad moral propia y de la indignidad del contrario?

¿Tenemos que esperar a la muerte del contendiente para que ascienda de enemigo a adversario, condenados a vivir entre la calumnia y el panegírico?

No es posible que la derecha política y mediática creyera, cuando lo decía, todo lo que decía de Alfredo Pérez Rubalcaba porque si lo hubieran creído de verdad, hoy guardarían un atronador silencio mientras los suyos, en soledad, procederían al entierro del cadáver. Ahí va el reproche.

Si hago esta recriminación, también hago una loa a la derecha sociológica que ha respetado a Alfredo Pérez Rubalcaba incluso en Twitter, cosa que no ocurrió con los tuits de extrema izquierda cuando la muerte de Emilio Botín, Rita Barberá, la esposa de Amancio Ortega o Isidoro Álvarez.

No voy a abogar por el cambio de nuestras costumbres ancestrales ante la muerte sino por el de nuestros hábitos políticos en vida. Respetémonos. En la discrepancia respetémonos, ahora que estamos a tiempo.

Como no sea desde el otro mundo, Rubalcaba no ha llegado a tiempo de escuchar el reconocimiento de cuantos despellejaron en vida su reputación.

Carlos M. Florit Canals

www.florit-abogados.com

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