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El mundo después del Covid-19

El mundo después del Covid-19

La pandemia ha puesto en un brete al globalismo

Todavía no hemos superado la pandemia y ya hay análisis interesantes acerca de cómo cambiará el mundo. Interesantes aunque quién sabe si precipitados.

Deutsche Bank prevé un ciclo largo que califica de “era del desorden” en el que prevé la reversión de la globalización, con un deterioro en las relaciones comerciales internacionales, una cronificación del endeudamiento público, un incremento de las desigualdades, en especial de la brecha intergeneracional, un difícil debate climático y una revolución tecnológica que, de materializarse, cambiaría nuestras vidas más que el propio COVID-19.

En realidad, todas estas tendencias ya estaban cuando menos apuntadas antes de la pandemia.

La globalización estaba siendo discutida por los que estaban más a la izquierda y por los que se ubicaban más a la derecha. Los primeros, porque un mundo sin fronteras comerciales pero con reglas de juego diferentes en cada país estaba conduciendo a una competencia entre estados para reducir impuestos, derechos laborales, normas medioambientales… para captar inversiones fáciles de deslocalizar. Los segundos, por un discurso, digamos, patriota, tipo Trump.

Lo cierto es que el COVID-19 ha puesto en un brete al globalismo. La India produce la mitad de todo el paracetamol mundial. El día que el gobierno hindú dijo que se reservaba el derecho a no autorizar su exportación hasta tener claro que podría abastecer sus propias necesidades nacionales, muchos gobernantes temblaron.

La globalización estaba siendo discutida por los que estaban más a la izquierda y por los que se ubicaban más a la derecha

La competencia fue feroz con escenas como la de Turquía bloqueando un avión con material sanitario de España aprovechando una escala técnica o la del avión fletado por Francia que perdió, a pie de pista, porque los norteamericanos pagaron el triple por las medicinas que se iban a transportar.

Ha reaparecido la idea de “sectores estratégicos” y si lo es el sanitario, ¿por qué no el alimentario, por ejemplo?

Y la verdad es que la globalización, con todos sus defectos, vista a nivel mundial, ha sido positiva: Sí, es cierto que europeos o norteamericanos podemos estar incrementando algunos puntos porcentuales de desempleo. Es un precio escaso para que cientos y cientos y más cientos de millones de chinos, hindúes, vietnamitas, camboyanos, etc., salgan del hambre para acercarse, progresivamente, al concepto de clases medias.

Por su parte, el incremento masivo de deuda pública adquirida por los bancos centrales era ya una constante desde la crisis, seguramente inacabada, de 2008. Ahora el PIB se desploma en todo el mundo, la recaudación fiscal se hunde y las necesidades de gasto se disparan.

Solamente los bancos centrales, mientras la inflación aguante, creando dinero mágicamente, pueden comprar la ingente cantidad de títulos de deuda pública que los estados necesitan emitir y están emitiendo. Pero ahí quedará a modo de residuo tóxico el enorme stock de deuda.

Uno intuye que los Estados Unidos lo tienen mejor que la Unión Europea (y, por tanto, que España). Allí se endeuda el gobierno federal con la reserva federal. Aquí se endeuda España con el BCE, con la pretensión de nuestros socios de que devolvamos todo lo prestado.

El PIB se desploma en todo el mundo, la recaudación fiscal se hunde y las necesidades de gasto se disparan

George Soros, sacando su rostro más siniestro, tiene dichas dos cosas: Una, desde hace ya algunos años, que España es un país condenado a estar permanentemente en crisis. La otra, que los países europeos deberían emitir deuda perpetua.

Deuda perpetua, en su defecto, ajustes que se prolongarán durante décadas, son escenarios de estados sin margen para hacer política presupuestaria, ya sea liberal (reducir impuestos) o socialdemócrata (gasto social)

¿Acaso albergábamos la esperanza de que la orgía de millones de pérdidas económicas no tendría consecuencias en nuestras vidas?

Las desigualdades y la brecha generacional ya estaban al orden del día. Cuando Margaret Thatcher entró en Downing Street los británicos tenían el marginal de su IRPF en el 90% y sus empresas tributaban al 52%. La Europa continental no andaba muy lejos. Hoy los países europeos tienen el marginal del IRPF máximo del 45% y el impuesto de sociedades conoce tipos del 12% (Irlanda) o del 19% (Reino Unido), con una media del 22’5%

Los estados recaudan menos y aunque se endeudan por la presión de los electorados, crecen las desigualdades. El mundo post COVID-19 no parece que vaya sino a incrementar esta situación, con élites mil millonarias y grandes masas aspirando poco más que a una renta mínima garantizada. Eso piensan muchos.

En este contexto, nadie piensa que las generaciones más jóvenes puedan igualar los salarios de sus padres.

Así las cosas, plantear decisiones con coste económico por causa del cambio climático será cada vez más difícil.

Deutsche Bank presenta un panorama bastante negativo, pero creo que era Bertrand Russell quien decía que donde un pesimista ve una crisis, un optimista ve una oportunidad

Y al fondo, el gran reto: Que la cantidad de trabajo que cada vez más harán las máquinas se transforme en ocio y no en paro.

Deutsche Bank presenta un panorama bastante negativo, pero creo que era Bertrand Russell quien decía que donde un pesimista ve una crisis, un optimista ve una oportunidad.

Desgraciadamente, el momento histórico que nos ha tocado vivir nos pilla en muchos países con gobernantes muy cuestionables (como mínimo) y con muy escaso sentido de estado (gobernantes y aspirantes).

Con estos mimbres hay que construir el futuro, y hay que construirlo mejor de lo que imagina el Deutsche Bank.

Carlos M. Florit Canals
www.florit-abogados.com

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