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El legado de Donald Trump

Trump: "¿Por qué tenemos gente de países que son un agujero de mierda viniendo a EEUU?"

Una sociedad rota en la que millones de seguidores suyos han decidido desconectar de la ley, la democracia y las instituciones

Una semana antes de las elecciones del 3 de noviembre, los supermercados estadounidenses agotaron sus existencias de pistolas y balas. La gente de la calle, demócratas o republicanos, hacían acopio de munición por lo que pudiera pasar.

Solo esa imagen resume por qué la presidencia de Donald Trump ha sido la más nefasta de la historia de los Estados Unidos.

Es verdad que la sociedad americana ya presentaba síntomas de polarización, pero Trump ha basado toda su acción política en echar gasolina al fuego, entendiendo que rentabilizaba mejor que nadie la división y el odio. Su recta final, las falsas acusaciones de fraude electoral y los hechos del 6 de enero en el Capitolio, marcarán para siempre la memoria de su mandato.

El primer y principal legado de Donald Trump es una sociedad rota en la que millones de seguidores suyos han decidido desconectar de la ley, la democracia y las instituciones.

Las falsas acusaciones de fraude electoral y los hechos del 6 de enero en el Capitolio, marcarán para siempre la memoria de su mandato

Que el Presidente de la primera democracia del mundo no reconozca los resultados electorales es un hecho de tal magnitud que convierte en casi irrelevante cualquier otro legado de Trump. Ahora bien, creo que es interesante hablar, también, de economía.

El balance a corto plazo es realmente bueno, con un paro en mínimos históricos, crecimiento económico sostenido, mejores salarios y, eso sí, aumento constante de la deuda pública. Pero a medio y largo plazo, el legado de Donald Trump viene marcado por un error colosal en política comercial.

Hablamos de China, un país que al principio era visto prácticamente como la fábrica del “todo a cien” del mundo hasta que los americanos se dieron cuenta de que los chinos habían apostado por la tecnología, estaban deslocalizando la producción más barata y que crecían a pasos agigantados en terrenos que América creía reservados a Occidente y, dentro de Occidente, a su propio liderazgo.

Así que los Estados Unidos, con George W. Bush y con Barack Obama, decidieron competir con China como algo inevitable y para hacerlo en las condiciones más favorables, diseñaron una inmensa zona de libre comercio, a uno y otro lado del océano Pacífico, donde estuvieran todos excepto China. Así llegamos al Tratado Transpacífico entre Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Malasia, Vietnam, Nueva Zelanda, Singapur, México y Perú, abierto a la incorporación de países como Filipinas, Taiwán o La India.

Y China mirando por la ventana desde fuera.

Los Estados Unidos habían configurado la mayor área de libre comercio del mundo en la que chinos y americanos competirían, los chinos pagando aranceles, los estadounidenses no. Además, se pactaban estrictas normas de respeto a la propiedad intelectual e industrial, un campo siempre problemático para China.

Pero en 2016 Donald Trump ganó las elecciones y lo hizo con un programa absolutamente proteccionista. “America First”, como si un país pudiera quedar primero por decreto.

La promesa de proteccionismo fue muy importante para que en las elecciones de 2016 votaran por Trump los agricultores de Iowa o los trabajadores en paro de empresas deslocalizadas de Michigan (industria automovilística), Wisconsin o Pennsylvania.

Nada más llegar a la Casa Blanca, Donald Trump vetó el TPP, le colgó el teléfono al primer ministro australiano y empezó a jugar a poner aranceles a todo Dios

Nada más llegar a la Casa Blanca, Donald Trump vetó el TPP, le colgó el teléfono al primer ministro australiano y empezó a jugar a poner aranceles a todo Dios.

Cuatro años después, el pasado mes de diciembre, China, Japón, Australia, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Vietnam, Singapur, Indonesia, Malasia, Tailandia, Filipinas, Myanmar, Brunei, Laos y Camboya, han firmado un tratado de libre comercio en el que, obviamente, Estados Unidos ha quedado fuera. Será, ahora sí, la mayor área de libre comercio del mundo, un 30% del PIB y de la población mundial, con China dentro, sin aranceles, y Estados Unidos fuera, con aranceles.

Es el segundo más importante y duradero legado de Donald Trump: Renunciar a liderar el libre comercio mundial en favor de China, que no ha desaprovechado la ocasión. Qué inmenso regalo de Trump a los chinos.

No hace falta decir que liderazgo comercial e innovación tecnológica implican recursos para el liderazgo militar y éste conduce al liderazgo geoestratégico y político.

El mundo está un paso más cerca de un futuro liderado por China. Donald Trump ha sentado las bases del futuro: China first, America second. (Europa, ni está ni se la espera, pero esa es otra historia)

Joe Biden recibe una herencia endiablada, una sociedad rota, un país dividido, una sobredosis de odio… y China en la pole position para liderar el comercio mundial.

Carlos M. Florit Canals
www.florit-abogados.com

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