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Broncas preludio de más broncas

Broncas preludio de más broncas

En España nos cuesta un montón que cambien los gobiernos en circunstancias normales y eso no es saludable

Marzo de 1996, noche electoral, tensión acumulada. Es la noche de la “dulce derrota” de Felipe y de la “amarga victoria” del Aznar. En la calle Génova de Madrid la militancia del PP corea aquel ya famoso “Pujol, enano, habla castellano”. En Barcelona, en la sede de CiU la militancia convergente replica con otro cántico: “Aznar, tremola, Catalunya no perdona” (Aznar, tiembla, Cataluña no perdona).

Era la culminación de una legislatura de alta tensión entre populares y nacionalistas catalanes (con la cesión del 15% del IRPF y la batalla judicial por la inmersión lingüística como temas estelares)

La vida es siempre una película, una sucesión de fotogramas, pero comparemos por un momento la foto fija de aquella noche de marzo de 1996 con la del día del regreso de Josep Tarradellas del exilio. La relación entre la derecha española y el catalanismo político estaba tan lejos del espíritu de la transición… y sin embargo ninguno de los que vivimos aquella noche imaginamos cuántos peldaños más todavía íbamos a bajar hasta llegar a los sucesos de septiembre y octubre de 2017.

Escribo esta entrada el domingo día 5, cuando el debate de investidura (#investidurísima, como reza el hashtag de Twitter) ha concluido a falta de la segunda votación del martes día 7. Enero de 2020, de alguna manera, me retrotrae a marzo de 1996.

Lo peor no es la cantidad de bronca que ha habido sino cuántos peldaños seremos capaces aún de seguir bajando en la relación, esta vez, entre la derecha y la izquierda españolas.

Vuelvo a pensar en Cataluña. No recuerdo bien si era 2014 o 2015. Tuve un pleito en el que estuvo involucrada una aseguradora catalana que litigó con abogado catalán. Acabado el juicio le pregunté su opinión sobre el “procés” y su respuesta se ha demostrado certera: “Hemos llegado a un punto de no retorno”

Que el problema catalán haya llegado a un punto de no retorno me preocupa. Aún me preocupa más tener que preguntarme si la relación entre la derecha y la izquierda en España también ha llegado a un punto de no retorno.

De hecho, en España nos cuesta un montón que cambien los gobiernos en circunstancias normales y eso no es saludable.

José María Aznar sólo alcanzó el poder después de legislatura y media de gran dureza, con una defensa numantina del poder por parte del felipismo y una derecha mediática que hizo el trabajo sucio de echar el resto con el tema de los GAL (en su día muy tolerados por Manuel Fraga).

Zapatero ganó las elecciones tres días después del 11-M. Días de infamia en los que media España luchaba por que hubiera sido ETA y la otra media por que hubieran sido islamistas. “España se merece un gobierno que no nos mienta” en la jornada de reflexión frente a la teoría de la conspiración de los años siguientes.

Pedro Sánchez llegó a La Moncloa gracias a una moción de censura apoyada por todos los independentistas catalanes, los herederos de ETA y la izquierda populista. Un pecado original que ya no le abandonará nunca.

Cada una de estas pérdidas del poder por una de las dos Españas ha dejado heridas, muy especialmente, los cambios de gobierno de 2004 (tras el 11-M) y 2018 (con la moción de censura cuya mayoría ahora se renueva y consolida)

Es verdad lo que algunos me dicen, que la tensión brutal en Las Cortes no se vive en la calle. Pero no es menos cierto que la cantidad de momentos tóxicos que nos hará vivir el problema catalán, en su vertiente interna y en su vertiente europea, serán gasolina diaria para el incendio

Retomando aquel comentario de aquel abogado catalán, insisto, no sé si la brecha, el abismo, abiertos entre la derecha y la izquierda tienen o no retorno.

Es verdad lo que algunos me dicen, que la tensión brutal en Las Cortes no se vive en la calle. Pero no es menos cierto que la cantidad de momentos tóxicos que nos hará vivir el problema catalán, en su vertiente interna y en su vertiente europea, serán gasolina diaria para el incendio.

Sí, en política tiendo al pesimismo, lo reconozco. Si alguien me acusa de ver el vaso medio vacío le contestaré que no sólo, sino que además veo que va a seguir vaciándose, y las reservas de “espíritu de la transición” están agotadas.

Es lo que hay. No tengo solución. Una entrada en un blog no puede mover el camino que sigue todo un país.

Carlos M. Florit Canals
www.florit-abogados.com

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