¿Por qué no funcionan los pactos?
OPINIÓN

¿Por qué no funcionan los pactos?

La respuesta a la pregunta que se formula en el título del presente artículo es clara y sencilla: los pactos no funcionan porque nadie cree en ellos. Los pactos en el ámbito de la política y la gobernabilidad, me refiero. Otra cosa son los pactos entre amigos, entre vecinos, entre cocineros (para no pisarse según qué recetas, por ejemplo) o, por supuesto, los pactos con el diablo, que son, de hecho, los que suelen ofrecer mejores réditos.

En cambio, las pruebas demuestran hasta qué punto los pactos entre políticos suelen acabar como el rosario de la aurora, y para muestra, no un botón, sino varios.Uno de estos botones es el desaguisado que se ha montado entre PSIB y MÉS en el Govern autonómico tras la salida a la palestra de los papeles no de Panamá, en este caso, sino de Garau, que también tienen su miga, no se crean. Tres consellerias de MÉS, entre ellas la del vicepresidente, Biel Barceló, adjudicaban contratos digitados a la empresa de quien fue su gurú en la campaña electoral de 2015, y esta situación ha acabado socavando la imagen pública de la coalición econacionalista, además de enrarecer el ambiente en un Ejecutivo que cuenta con un margen de apoyo en el Parlament cada vez más estrecho.

¿Por qué no funcionan los pactos?Los problemas no se circunscriben, además, a la relación entre PSIB y MÉS, sino que dentro de esta misma coalición se ha creado un enconado fraccionamiento (palabra muy oportuna teniendo en cuenta el origen de la controversia) que divide y enfrenta a los econacionalistas de Mallorca y Menorca. La fracción menorquina de MÉS, encabezada por el diputado Nell Martí, ha pagado los platos rotos de los papeles de Garau, ya que, al fin y al cabo, la renuncia de la ex consellera Ruth Mateu y de una parte de su equipo de la entonces denominada Conselleria de Transparència i Cultura ha sido el precio que se ha pagado por la crisis. El vicepresidente Barceló y el conseller de Medi Ambient, Agricultura i Pesca, Vicenç Vidal, continúan aferrados a sus respectivos puestos, y no dan la impresión de querer presentarse en sacrificio a los leones. Al menos de momento, claro, porque ya se sabe que en política los relojes corren más deprisa que en la vida real.

A todo ello, el pacto que permite a la socialista Francina Armengol permanecer al frente del Govern se sustenta en un acuerdo con un socio externo, Podem, que, más que como socio, actúa como el cuñado cafre al que hay que invitar sí o sí a la cena de Nochebuena y que acaba meándose en el plato de langosta. La formación liderada por Alberto Jarabo ya ha dado buenas muestras de su escasa fiabilidad, entre ellas el lamentable affaire de la destitución a cámara lenta de la ex presidenta del Parlament y el nombramiento, no menos al ralentí, de su sucesor. Esos son los socios con que cuenta Armengol. Esos y no otros, y como dijo en su momento Arnold Beckoff “con amigos como estos, ¿para qué existen los tribunales de divorcio?”.

Otro botón de muestra lo hallamos en Cort, donde la crisis abierta entre PSIB y MÉS amenaza también la estabilidad del equipo municipal. El pacto firmado entre ambas formaciones a principios de legislatura, y al que se unió Podemos a través de su marca blanca Som Palma (organización ya extinta en la actualidad), prevé que el econacionalista Antoni Noguera ocupe el sillón de la alcaldía coincidiendo con el ecuador del actual período de gobierno. De esta manera, relevaría al socialista José Hila, primer edil durante estos dos primeros años del acuerdo.

pactos sumario 1Sin embargo, los papeles de Garau vuelven a erigirse en verdugos despiadados de las aspiraciones políticas de MÉS, dado que el alcaldable Noguera, en su actual condición de responsable del departamento de Model de Ciutat i Urbanisme, no pudo tampoco resistirse a la inveterada tentación de su partido de digitar contratos al ínclito ex jefe de campaña, y, por tanto, también se halla bajo sospecha. Si el juez llama a Noguera a declarar como investigado, difícil lo tendrá para hacer realidad su nada disimulado sueño de ser ‘batle’, y, en consecuencia, Hila tendría las puertas abiertas para proseguir su mandato en vez de verse relegado a la condición de mero teniente de alcalde.

No en vano, los mentideros de estos días hablan y no paran de las esperanzas que ha depositado el actual primer edil en la posible imputación de su socio para finalizar la legislatura como alcalde. Claro que, tal vez, solo tal vez, Hila olvida que aun precipitándose la renuncia de Noguera por una eventual imputación, MÉS podría proponer a otro concejal de la coalición en vez de ceder la alcaldía a los socialistas en bandeja de plata. En cualquier caso, y al margen de que las ilusiones de Hila acaben resultando vanas, no deja de llamar la atención que una mala noticia que afecta a un socio de gobierno pueda convertirse en una buena noticia para los otros socios.

Y es ahí donde me retrotraigo a la pregunta inicial: ¿por qué no funcionan los pactos, en política? Pues porque no son pactos, sino componendas. No son acuerdos, sino cambalaches. No son compromisos serios de trabajo en equipo, sino una red de intereses creados que difícilmente podrían calificarse de legítimos.

Solo cuando exista en nuestra tierra, y en otros territorios de alrededor, una auténtica cultura democrática del pacto, el ciudadano podrá albergar alguna ilusión acerca de la efectividad de esta fórmula de gobierno. Mientras esto no sea así, y no parece que lleve camino de serlo, el votante acabará eligiendo de nuevo el sistema de la mayoría absoluta. Y no porque le agrade, ya que la mayoría absoluta presenta también no pocos inconvenientes. Lo hace porque los políticos le obligan a ello con su nulo sentido de la democracia, su desprecio por la colaboración leal y sincera entre las diferentes opciones ideológicas, y su exacerbado egocentrismo.

Eli Cosmo

18 abril, 2017

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