La línea que separa maldad y locura
OPINIÓN

La línea que separa maldad y locura

Las farolas del puente de Westminster están acompañadas por ramos de flores e inscripciones. Una en francés, de estudiantes de un colegio de París dedicada a sus compañeros heridos. Otras en inglés para las víctimas mortales.
A pocos metros, el suelo aparece cubierto no solo de flores sino también de escudos de distintas policías del mundo. Es el lugar en el que fue acuchillado el “Bobby” Keith Palmer en el reciente atentado islamista de Londres.
De no ser por esas flores, nadie podría sospechar que Londres vivió un ataque terrorista hace solamente unas pocas semanas. La ciudad, repleta de turistas y locales venidos de todo el mundo, rebosa vitalidad.
Me resulta imposible meterme en la cabeza de un terrorista. Hablando no desde un punto de vista penal sino simplemente moral: ¿Hasta qué punto son “locos” y en qué medida son “malvados”?.

Me resulta imposible meterme en la cabeza de un terrorista. Hablando no desde un punto de vista penal sino simplemente moral: ¿Hasta qué punto son “locos” y en qué medida son “malvados”?

En temas morales reconozco que, al menos en estado de reposo, tiendo a pecar de “buenista”: Frente a la idea tradicional de infierno me siento más cómodo, por ejemplo, con una teología como la de Urs Von Balthasar que dijo aquello de que el infierno existe pero puede que esté vacío. En realidad usó palabras más precisas pero su pensamiento ha pasado a la historia con esta expresión gráfica.

No soy quién para juzgar el destino eterno de Khalid Massood, el asesino de Westminster. Es posible que su infierno particular sea tener que pasar toda la eternidad viéndose a sí mismo, lo que ha hecho, con mirada definitivamente objetiva. No sé cómo podrá perdonarse a sí mismo.
En estos casos siempre acabo preguntándome dónde está la línea que separa la locura de la maldad. Ya sea ante un acto de terrorismo como el de Westminster, un caso como el del piloto de Germanwings, un monstruo como Hitler o Stalin…
Por una parte, no puedo dejar de ser consciente de que si yo hubiera nacido en Afganistán seguramente consideraría correcto obligar a las mujeres a vestir con “burka”. Pero, ¿llegaría al extremo de ser capaz de asesinar en plan talibán o en el fondo sería yo mismo, aunque viera el mundo mediatizado por otra mentalidad?.

Insisto, siempre desde el punto de vista no de la imputabilidad penal sino del juicio moral, me debato entre dos proposiciones antagónicas, si la locura es la simple coartada moral del criminal o si es su última esperanza de salvación.

No. Nunca he sabido trazar la línea roja que me separa a mí de mis circunstancias, que separa a los Khalid Massoods de las suyas.
Estos días tenemos a otro loco de atar que puede masacrar a miles de inocentes. Me refiero al engendro que rige Corea del Norte, país que dispone desde hace ya algunos años de bombas atómicas. Ahora quiere hacer pruebas militares para tratar de construir misiles que, dotados de cabezas nucleares, puedan alcanzar los Estados Unidos.

Obviamente, los Estados Unidos no lo pueden tolerar. Ahí ya no peco de “buenista”. No admiro a Chamberlain sino a Churchill. A Chamberlain no le admiro yo y no le admira la historia.

La línea que separa maldad y locuraLa Administración Trump no se está precipitando pues parece que Corea del Norte puede realmente lanzar un ataque nuclear contra Corea del Sur e incluso contra Japón; ahora bien, tampoco puede permitir que Kim Jong-Un desarrolle armamento capaz de lanzar en unos años ese mismo ataque nuclear contra los Estados Unidos.

¿Cuánto hay exactamente de locura y cuánto de maldad en Kim Jong-Un?

¿Cuánto hay exactamente de locura y cuánto de maldad en Kim Jong-Un? Creo que es imposible saberlo. Es más, probablemente en política es innecesario saberlo. Hay que parar al interfecto. Punto.

Reflexiones acerca de dónde acaba la locura de Kim Jong-Un y dónde empieza su responsabilidad moral quedan para artículos de lunes de Pascua, como éste. Feliz regreso de Semana Santa.
Carlos M. Florit Canals
www.florit-abogados.com

10 abril, 2017

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